Desayunos y meriendas evocadores

Desayunos y meriendas evocadores

Desayunos y meriendas evocadores
Para la época en que se inauguró el Café Viena que, por cierto, este año celebra su 90 aniversario, la marca que se servía en todos los establecimientos de la Casa era “La Marta”, introducida por otro indiano que también regresó con un gran capital de Cuba en 1910.
Para los conocedores de la historia de Viena Capellanes es bien sabido que el fundador fue Matías Lacasa, indiano que regresó rico de Cuba y que se asoció con el médico Ramón Martí para patentar el pan de Viena y comercializarlo en Madrid. Esta historia data de 1873 y desde entonces este pan, que llegó a la capital española para quedarse, compitió con el candeal, al que se le consideraba más tosco.

Pero junto con el pan, venido de la capital austriaca, los desayunos y meriendas madrileños exigen importantes dosis de café, el cual también vino de muy lejos. Para algunos, el café llegó a la península traído por los árabes y para otros no fue hasta el siglo XVIII cuando se comenzó a instalar como producto habitual de consumo por influjo de las costumbres adoptadas en Francia. Sea como sea, todos coinciden en la popularización de tan fabuloso brebaje en España durante el siglo XIX y en la importancia que tuvieron los cafés en la conformación de la bohemia y las tertulias organizadas al calor de humeantes tazas bien cargadas. Para la época en que se inauguró el Café Viena que, por cierto, este año celebra su 90 aniversario, la marca que se servía en todos los establecimientos de la Casa era “La Marta”, introducida por otro indiano que también regresó con un gran capital de Cuba en 1910.

El café “La Marta”, tenía marca registrada y se dedicaba a la comercialización de cafés torrefactos, técnica que había llegado a España a comienzos del siglo XX y que fue patentada por José Gómez Tejedor, el propietario de los Cafés La Estrella, con fábrica en la calle Montera y proveedora de la Casa Real. La introducción del sistema torrefacto, inspirado en México, y que incluía azúcar en el proceso de tueste del café, fue impulsada por intensas campañas publicitarias de La Estrella que contaron, incluso, con el apoyo del Banco de España. Poco a poco, la costumbre hizo que el gusto cambiara. Al igual que había ocurrido con el pan de Viena y el candeal, el café torrefacto se impuso en los hábitos de los madrileños frente al tostado sin aditivos.

Es interesante reflexionar sobre el proceso de transformación de gustos y hábitos y en la participaron de estos indianos enriquecidos, que llegaron de fuera con aires de otros mundos y que en asociación con industriales e inventores, y al calor de la carrera de las patentes e invenciones iniciada a finales del siglo XIX, fueron cambiando las costumbres locales. En esto, como en tantas otras cosas, Viena Capellanes fue protagonista. Por ello, cuando traspasamos sus puertas, con frecuencia nos retrotraemos al pasado y en acciones tan cotidianas como un desayuno o una merienda terminamos recreando, sin saberlo, décadas de historia del comercio y la industria en la que se mezclan inspiraciones turcas, austriacas, mexicanas, cubanas, etc. fruto de la ambición y la iniciativa de aquellos emprendedores que a finales del siglo XIX, y mucho antes, circulaban por todo el mundo.
 

 

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