SI ES PAÍS PARA VIEJOS....

SI ES PAÍS PARA VIEJOS....

SI ES PAÍS PARA VIEJOS....
Pero lejos de amilanarse con estas efímeras pirotecnias, empresas como Viena Capellanes, en sus ya más de ciento cuarenta y cinco años de recorrido por la historia de los comercios madrileños, siempre ha buscado mantener un espacio privilegiado para toda clase de personas, incluyendo a nuestros mayores.
Con la expresión “No es país para viejos”, que daba título a la premiada novela de Cormac McCarthy, el autor no expresaba tanto una decepción o se remitía a una furiosa crítica meramente localista. En ella se ocultaba un profundo temor, un manantial de incertidumbre nacido del temor a un futuro que no se comprende, carente de reglas e incluso de sentido alguno, hostil y excluyente, un mundo sin horizontes, un destierro en lo inesperado.

En 2011, la ONU hizo oficial que el 15 de junio sería el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez. Y ahora que se nos pide, precisamente, que no apartemos la mirada de semejante problema (la población mundial de las personas de 60 años o más rondará la cifra de 1.200 millones en 2025), parece oportuna una reflexión con la que sumarse a ese llamamiento. Porque, obviando las responsabilidades en las que debería aplicarse el Estado, sea del signo que sea, es un compromiso que se nos pide a todos, porque nadie está a salvo en esta contienda.

Incomprensiblemente, en el mundo actual, la experiencia es un lastre. El conocimiento acumulado no posee el menor valor. Si mejor o peor, es tema baladí, pero el país en el que vivimos es el fruto común de todas personas que han luchado para que nosotros podamos seguir creciendo. Y habla muy mal de nosotros el mero hecho de tener que recordar ese detalle.

No es un problema privativo de las personas. También empresas centenarias se ven agobiadas por ciclones de modas que intentan que cambien sus ciclos, perfeccionados durante décadas y décadas, en favor de modelos alternativos, de quita y pon, sin solvencia demostrada. Experimentos laborales o publicitarios para afrontar un modelo empresarial que se desconoce, readaptarse a nuevas estructuras que apenas duran lo que dura un pestañeo, para ser sustituidos por otra ocurrencia.

Pero lejos de amilanarse con estas efímeras pirotecnias, empresas como Viena Capellanes, en sus ya más de ciento cuarenta y cinco años de recorrido por la historia de los comercios madrileños, siempre ha buscado mantener un espacio privilegiado para toda clase de personas, incluyendo a nuestros mayores. Ni uno solo de sus locales, también atentos a no perderse el tren del progreso, hace de lado los principios con los que se comenzó, en un trabajo colectivo que el tiempo no ha hecho más que perfeccionar la precisión de su engranaje, creando y manteniendo contra viento y marea remansos que nos aíslan del estruendo urbanita, donde podemos sentarnos en paz, y conversar sin recurrir al grito, y tomar un café, y sentirnos en casa aunque estemos lejos de nuestro hogar… De ahí la importancia que se concede en la decoración al protagonismo de las fotografías de nuestra historia en las paredes o en las mesas, como un canto al tiempo y a la memoria. Instantes detenidos que nos ofrecen una mirada serena a nuestro pasado, no el individual, sino el colectivo. La gran familia es la familia nuclear, la que acoge sin reservas a todos sus miembros y en la que cada uno tiene su lugar reservado sin importar su edad o condición.

Qué mejor prueba de este espíritu que esta foto familiar de la familia Lence que acompaña este texto, donde tanto la composición como el encuadre convergen y orbitan en torno a las dos personas de mayor edad, y, pese a la seriedad obligada en estos posados para retratistas profesionales, basta un poco de atención para hallar pequeños detalles que demuestran un afecto ya inherente.

No se trata de defender la tradición por que sí. Ni mucho menos. Es el tiempo quien depura las costumbres. Y viendo esta foto, lo mismo que las que se exhiben en los locales de Viena Capellanes, es posible sentir que hay tradiciones que son buenas. Es por ello por lo que las conservamos, las mimamos, y, cada cierto tiempo, tenemos necesidad de volver a verlas. Porque nos ayudan a recordar que hay cosas que valen la pena: un buen café, una buena anécdota, un espacio para compartir y tomarse el tiempo para reconstruir nuestra propia memoria.

Es justo pago a nuestra deuda para con nuestros mayores y permitir que tengan en esta sociedad el mismo protagonismo que cualquier otro ciudadano. Ni más, ni menos. Nuestro deber, tal y como se pide textualmente en la propia resolución de la ONU es ir “formulando estrategias que tengan en cuenta la trayectoria vital de la persona en su totalidad”.

En su totalidad. Así de claro.

Ya podemos olvidarnos de tomar otro camino…..

Porque por mucho que cueste asimilarlo, hay una verdad incuestionable, que deberíamos asimilar cuanto antes: si este no es país para viejos… no es país para nadie.

Ada Simón

 

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