¡VIENA EN CARNAVAL!

¡VIENA EN CARNAVAL!

¡VIENA EN CARNAVAL!
Ya fuese por la originalidad de sus carrozas (el cuidado por la estética de la empresa es algo que siempre han llevado a gala) o porque repartían más de 25.000 bocadillos de jamón entre el público, lo que le valió ser galardonada como la “Carreta de la Abundancia” en un reportaje de ABC de 1914, el Carnaval es parte de la inclusión cultural de Viena.
Febrero arrastra la condena de ser el mes más corto del año.

Pero tiene una personalidad como pocos otros.

¡Estamos en carnavales!

De nuevo otras fiestas donde lo cristiano se entrecruza con lo pagano, hasta haber conformado una identidad absoluta e independiente, lo que la hace una de las celebraciones más extendidas y, a la postre, tan diversas como los pueblos que los conmemoran. Aunque enmarcada entre el comienzo de la cuaresma cristiana (que se inicia con el Miércoles de Ceniza), y que tiene fecha variable (entre febrero y marzo según el año), lo cierto es que  el origen de los carnavales se remonta a más de cinco siglos atrás, donde ya sumerios y egipcios organizaban grandes fiestas ataviados con pintura en el cuerpo o colocándose máscaras, y se reunían alrededor de una gran hoguera para ahuyentar a los malos espíritus, y pedir a los dioses que sus tierras fuesen fértiles y las cosechas abundantes y generosas. En Egipto también se llevaban a cabo rituales similares en honor del toro Apis.

Aunque el verdadero germen que ha transformado los carnavales en lo que son hoy debe situarse en el Imperio Romano, ya que está relacionado con las Saturnales, unas festividades realizadas a mayor honra de Saturno. Para congraciarse con el dios de la agricultura, durante algunos días estaban permitidos todo tipo de excesos y desmanes, por lo que algunos optaban por camuflarse bajo máscaras y otras ropas para preservar sus identidades. Y si el auge del Imperio llevó esa fiesta por medio mundo, fue su declive lo que propició que a partir del siglo IV  la imposición del catolicismo logró que las saturnales dejasen de ser una fiesta pagana pasando a ser una celebración previa a la Cuaresma que precedía a la Semana Santa, días en los que se podía comer carne (de ahí la etimología de “carnaval”: quitar la carne) antes del  ayuno y abstinencia obligados durante los cuarenta días que llevaban hasta la celebración religiosa. Curiosamente, y con la Iglesia tomando las riendas de la festividad, fue en la Edad Media cuando fue mutando en distintas formas de entender la fiesta, y citar los carnavales de Brasil o Venecia ya nos permiten apreciar el calado de tan diversas culturas en una misma celebración. Aunque tampoco hay que irse tan lejos.

A Madrid también llegan los Carnavales, y cada año con más fuerza.

Siendo cafetería y confitería de referencia en la capital, es lógico que Viena Capellanes, en sus ya casi 150 años de historia, haya sido parte siempre activa de esas fiestas desde su nacimiento. Lo que no es tan común es la dedicación y entrega con que lo hace. Ya en los albores del siglo pasado, su participación en los desfiles del Carnaval madrileño era celebrada incluso en los periódicos. Ya fuese por la originalidad de sus carrozas (el cuidado por la estética de la empresa es algo que siempre han llevado a gala) o porque repartían más de 25.000 bocadillos de jamón entre el público, lo que le valió ser galardonada como la “Carreta de la Abundancia” en un reportaje de ABC de 1914, el Carnaval es parte de la inclusión cultural de Viena. Hoy en día, Viena sigue siendo uno de los grandes anfitriones tanto el desfile como la elaboración de productos típicos de estas fechas.
La celebración arranca con la lectura del pregón en el barrio elegido cada año. A partir de ese momento, y hasta el Miércoles de Ceniza, Madrid es un hervidero de fiestas y juego de identidades (con tradiciones tan antiguas como el manteo del pelele) que se prolongan hasta el conocido como “entierro de la sardina” (otra ceremonia donde el fuego da paso a la renovación), ritual con el que el Carnaval se apaga a la espera de que pasen cuanto antes los días que nos separan de la siguiente. Lo que nos lleva a mencionar un dulce típico de estos días que se vende en todas las grandes pastelerías de Madrid, y por supuesto, en Viena Capellanes: la sardina de chocolate, el producto que ganó el concurso convocado en 2017 por el Ayuntamiento de Madrid, y que se ha instalado ya como un clásico en la capital como delicioso colofón que pone fin al Carnaval.

Cabe añadir que “El entierro de la Sardina” es una ceremonia inserta en la genética madrileña. Pese a que hay otras versiones, su origen parece situarse en una suerte de “error” de quien fuera considerado como el Mejor Alcalde de Madrid, Carlos III. Según parece, y para celebrar por todo lo alto un final de Carnaval con los madrileños, tuvo la ocurrencia de encargar miles de sardinas para cerrar los eventos. Pero el gran protagonista fue el sol, inesperado y destructor invitado. Con el calor, las sardinas se descompusieron y para alejar el olor que éstas desprendían, la comitiva decidió enterrar el pescado en la Casa de Campo. Una historia con ese toque surrealista, absurdo y tremendamente vitalista que define a los carnavales.

Lo dicho.

Febrero es el mes más corto.

Pero nunca se sabe qué se puede esconder detrás de la máscara y el disfraz de cualquier carnaval del mundo.
 
 
Ada Simón Ruiz
 

 

Comentarios (0)

Deja tu comentario

Respuesta a
CAPTCHA Image
Play CAPTCHA Audio
Refresca la imagen